Qué es lo que hay que conservar

En “Internet, ecología, economía” te contaba qué le pasaba con redes de especies. Que según quién las formara, cómo estuvieran constituidas, resultaban más robustas. Es decir, más resistentes al colapso, a dejar de funcionar si se van perdiendo especies.

¿Qué es, para un ecosistema, dejar de funcionar? Que la materia y la energía no circulen eficientemente. Que las especies tomen nutrientes y los pongan a disposición de otras especies.

Entonces, ¿cabe suponer que un ecosistema puede funcionar mejor si tiene una especie y peor si la pierde? En realidad no. En realidad, lo que importa es que haya alguna especie, de entre varias posibles, que esté y juegue un papel. Que extraiga unos nutrientes e interactúe con otras, poniéndolos a su disposición. Si esa especie se pierde y otra la puede sustituir, el ecosistema no se verá sensiblemente afectado.

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Por lo tanto estamos equivocadísimos.

Estamos pendientes, erróneamente, de conservar especies. Y lo que hay que conservar son las interacciones. La función que esa especie ejerce en el ecosistema y las influencias que mantiene sobre las otras. Una especie puede sustituir a otra, pero las interacciones que hacen robusto un ecosistema son más valiosas.

Una especie vale tanto como lo que hace. Y una especie en un zoológico, o en un banco de germoplasma, no hace nada. Por tanto, no vale nada actualmente. Es cierto que tiene un valor potencial. Pero no un valor actual. Es cierto que es una inversión a largo plazo, pero no es productiva en estos momentos.

Conservar poblaciones tiene mucho más sentido que conservar especies. ¿Qué diferencia hay? Pues una población es el conjunto de invididuos de una misma especie que hay en un lugar, haciendo algo. Conservar poblaciones implica conservar interacciones, flujos de nutrientes y de energía entre unos y otros.

Las especies, en los zoológicos, no hacen eso.

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