Las plantas son madres cariñosas

Porque tienen semillas.

Una semilla es el conjunto de embrión y endospermo. Resulta que el embrión de las plantas es, en cierto sentido, similar al de animales: la unión de un núcleo del grano de polen (equivalente al espermatozoide) y el óvulo vegetal. Pero tienen también el endospermo.

¡Ah…! ¡El endospermo…!

Esa es una enorme muestra de cariño de la planta a su descendencia. Resulta que cuando el embrión, dentro de la semilla, abandona la planta, no tiene hojas. Ha madurado, es cierto. Está preparado para desarrollarse apenas tenga la oportunidad, es cierto. Pero no tiene hojas. Y sin hojas, sin cloroplastos puestos a la luz del Sol haciendo fotosíntesis, no hay comida.

Por eso tienen endospermo.

El grano de polen lleva dos núcleos con dos conjuntos de genes. No uno, como el espermatozoide. Dos. El primero está claro: sirve para fecundar al óvulo, uniéndose a él y mezclando los genes de papá con los de mamá. Como en animales. Como tú y como yo. Pero el segundo núcleo hace algo especial. Se une a otra célula (cuando, en años posteriores, alguien te explique genética, te dirán que esta es una célula diploide, y la del grano de polen es haploide, lo que da un tejido triploide y por tanto estéril para la reproducción, que no para otras funciones; pero eso será otro año). Esa segunda unión da lugar un tejido especializado: el endospermo. Especializado en engordar, en guardar nutrientes (normalmente grasas). Así, la semilla lleva la comida que el embrión usará hasta tanto no pueda hacer la fotosíntesis por sí mismo. Hasta tanto no tenga la primera hoja.

La doble fecundación, que da lugar a las dos partes de la semilla, embrión y endospermo, es otra ventaja que tienen las plantas sobre los animales.

La semilla fue inventada por un grupo de helechos, de los que hoy no queda ninguno. Pero sí nos quedan sus descendientes: gimnospermas y angiospermas.

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