La forma de nacer y de morir marca cómo son corteza oceánica y continental

La corteza forma parte de la capa rígida exterior de la Tierra. Junto con una fracción del manto que también es rígida. Ambas forman la litosfera, una capa relativamente fría además de rígida. La corteza está hecha a base de materiales de baja densidad. Por eso está en la superficie del planeta, claro. Pero no de un único tipo de material, no. De dos tipos de materiales. Relacionados entre sí, pero distintos. Los primeros proceden del manto, que se han separado por procesos magmáticos en las dorsales, para formar la corteza oceánica. Los segundos son más ligeros aún. Nacidos de la corteza continental al separarse los más ligeros en ella de los más densos en ella. Cosa que ocurre en las zonas de subducción.

Y bueno, también hay materiales que representan que tienen características mezcladas de ambas cortezas. Materiales que representan la corteza de transición entre oceánica y continental. Son muy interesantes, pero de ellos mejor te hablo otro día.

La corteza oceánica es la más delgada de las dos (entre 3 y 15 km), además de la más densa. ¿Por qué? Porque se forma en las dorsales, pero no se acumula allí. El material que ha salido deja sitio a nuevo material que sale. Por tanto, nunca alcanza elevado grosor. De hecho, la mayor parte de las zonas gruesas se debe a acumulación de sedimentos que caen sobre ella. Ese origen tan sencillo (apertura de una dorsal y salida de magma), casi tan aburrido, hace que la estructura de la corteza continental sea más bien simple: una capa inferior de material plutónico (gabros), una capa de material volcánico (basaltos) y otra, variable en espesor, de muy gruesa (8 Km) a incluso ausente, de sedimentos. Todo muy clarito, como corresponde a un proceso tranquilo y constante.

Falta decir que la corteza oceánica se hunde en las zonas de subducción. Vuelve al manto del que nació. Pero, en su camino de vuelta, provoca el nacimiento de otra corteza: la continental.

La corteza continental se forma por magmatismo de subducción. Eso significa que al chocar dos placas, la más ligera queda por encima de la más densa. Y por el roce entre ambas, o al fundirse parte de la roca de la corteza que se hunde cuando entra en el manto más caliente, se producen magmas. Y de ellos llega al exterior el material más ligero. Por tanto, lo que hace la subducción es seleccionar el material menos denso de entre un material que ya era poco denso, de por sí, comparado con el manto del que procedía. La corteza continental, en consecuencia, está hecha del material más ligero de entre un material ya ligero. Es una selección de la corteza oceánica.

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Hemos visto cómo nace. Pero, ¿cómo muere la corteza continental? Al ser tan ligera, la corteza continental no subduce, no se hunde en el manto. Sí puede erosionarse y los sedimentos pueden volver a entrar en el manto al depositarse sobre la corteza oceánica. Pero subducir, hundirse, no subduce, no se hunde. Por tanto, se acumula, y se acumula, y se acumula. La corteza continental tiene, por ligera, una vida más larga que la oceánica. Hay zonas de ellas que llegan a los 4.300 millones de años. No muchas, es cierto. Pero las hay. La corteza oceánica más vieja ronda los 200 millones de años. Un 5% de la edad de la continental más vieja. Lo que para una es toda una vida, para otra es un suspiro.

Esa acumulación, y acumulación, y acumulación, unida a ese choque, hace que la corteza continental, más ligera, más vieja, más gruesa (entre 30 y 70 km), tenga una estructura compleja. En la que no hay capas tan claras como en la oceánica. Lógico, después de tanto choque y añadido de magma, y vuelta a chocar y a añadir magma. Y a erosionar y perder parte de lo añadido. Y la cosa se complica porque la corteza continental puede chocar con la continental. En un proceso llamado obducción, en el que ninguna de las dos se hunden, sino que se empujan. Levantando grandes orógeno, levantando grandes cordilleras.

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Bajo ambas cortezas, la continental y la oceánica, separándolas del manto, hay una discontinuidad sísmica muy clara: la de Mohorovicic.

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