¿Eureka?

Llevo algo de tiempo sin pensar como profesor. Otros problemas inmediatos me agobian más, me exigen concentrarme en ellos (p.ej., cómo resolver una cuestión cuyo protocolo, aunque no me guste, he heredado; cómo sustituir ese protocolo por otro más robusto; qué perfil es el deseable para un profesor que imparte e-learning y cuáles han de ser sus tareas; cómo formar a aquellos profesores que deseen orientarse hacia e-learning en función del perfil deseable; y alguna más). No es que los vaya a resolver yo solito, no. Ni de coña. Ni tengo la capacidad ni la función. Lo que sí tengo es la oportunidad de aportar a ellos, a su resolución, si es posible y tengo algo de acierto.

Por eso, el otro día, un día de trabajo rutinario (sin connotaciones peyorativas, eh?; a mí no me molesta el trabajo rutinario; es más, me gusta a ratos, me centra), un día que habitualmente estoy de vacaciones pero que este año me pilla currando, un día bastante frío y gris de niebla, vi un chispazo. Me acordé de que soy profesor. Fue un chat que mantuvimos un ratito Aníbal y yo. Sobre el e-learning y su evaluación.

Esto viene de atrás. En una comunidad virtual muy querida (RedBioGeo) tuve la oportunidad de plantear mi metodología y debatirla con buenos amigos. Una discusión sobre objetivos y aspiraciones, una sobre procedimientos y dinámicas de aula y otra sobre evaluación. Esas discusiones (y la experiencia) me permitieron darme cuenta de que mi enfoque de evaluación no está completo y resulta el punto débil de toda mi propuesta.

Mi objetivo siempre ha sido que el alumno controle sus procesos de aprendizaje y que la evaluación sea formativa (paso de la evaluación baremativa). Para eso, intento ofrecerles herramientas y una dinámica de aula, con unos objetivos: hacer vocabularios, resúmenes y esquemas para tratar la información, mapas conceptuales y mapas semánticos para encontrar relaciones. Eso me ha salido bastante bien. Yo estoy contento con esas herramientas porque los alumnos me han transmitido su contento con bastante claridad.

Como puedes ver, este enfoque constituye la base del trabajo por tareas. Eso sí, me han faltado historias unificadoras, capaces de dar unidad a todo el proceso y relacionarlo con otras cuestiones de otras materias. Una historia integradora y una tarea como dios manda. No sólo con el espíritu, sino también con la forma. Pero ese paso lo veo fácil de dar. Luego te cuento.

De otros aspectos no estoy tan satisfecho. De la evaluación, sobre todo. De algunos aspectos de ella.

Hay una parte que sí, que me tiene contento. La solución que encontré para la evaluación fue reducir la tensión que genera la evaluación a base de no ponerle límite. El alumnado puede repetir la evaluación tantas veces como necesite para aprobar (dentro de disponibilidad de tiempo, no hay límites; eso sí, el curso regular termina el 30 de junio 🙂 ). Por otro lado, como compensación a un número ilimitado de oportunidades, exijo el 80% del currículum. Aprobar con un 5 nunca me pareció una buena idea (en realidad, aprobar con la mitad del currículum me parece un fraude para el alumnado, pues le decimos que sabe y no es cierto). Todo esto lo sigo manteniendo.

Y la forma de preparar la evaluación los alumnos también me gusta. Les doy como pauta una serie de clases de preguntas y unos ítems sobre los que hay que preguntar. Y les pido que, mediante trabajo cooperativo, formulen un listado de cuestiones. No que las respondan, no. Que pregunten las preguntas. Que reflexiones acerca de qué se les puede preguntar.

Pero el chat con Aníbal y el final del curso pasado me están haciendo ver que me estoy quedando corto.

Porque la herramienta que empleo para evaluación es el examen. Sólo y exclusivamente el examen. Algo que muchos sabemos que no es ideal pero que elegimos por cómodo y objetivo. Cómodo y objetivo para el profesorado, quiero decir. He pecado por miedo a descartarlos mantenerlos, estando como estoy convencido de que se deben cambiar.

No digo que no haya que hacer exámenes, no. Digo que YO no debo poner los exámenes. Estoy dejando al alumnado la capacidad de gestionar sus avances, de elegir caminos, de aprender por sí mismo. De elegir cuándo evaluarse. Pero le estoy negando la posibilidad de elegir la forma de evaluarse. Es curioso que les permita decidir sobre el momento, pero no sobre la forma.

No, curioso no. Es ridículo.

¿No os ha pasado que ponéis un ejercicio escrito y el alumnado se esperaba las preguntas? Es decir. Los alumnos podrían haber puesto el examen. ¿Y no os ha pasado que unos aprueban con un tipo de examen y con otro no? ¿Cuál es más válido, con el que aprueban o con el que suspenden? ¿No os ha pasado que elegís unas preguntas de entre muchas posibles? Es decir, que hay miles de exámenes potenciales y más o menos equivalentes. ¿Por qué uno?

Pues esa es la idea. Que alumnado trabaje por tareas más explicitamente. Y que una de las partes de cada tarea sea la evaluación. Que ellos propongan cómo quieren ser evaluados. Según unas pautas que yo les ofrezca, según modelos que me permitan enseñarles a evaluarse. Ese, por cierto, es el trabajo más duro por hacer. Sé enseñar a hacer ejercicios escritos. Pero tengo que buscar otras soluciones. Transferencias de conocimiento evaluadas mediante rúbricas, por un lado, y productos con control de calidad son las que más me atraen. Seguro que hay otras.

Que conviertan hacer vocabularios, resúmenes, esquemas y mapas (mentales y semánticos) en una tarea. Y que añadan una propuesta de evaluación que yo respetaré salvo que tenga que argumentar en contra (por excesiva dificultad, por ser incompleta, por no tocar diversas formas de demostrar que se sabe…).

Mi trabajo será enseñarles a hacer tareas. Como las que se ejecutan en el mundo real para resolver problemas y encontrar soluciones. Incluido un sistema para evaluar la tarea. Y no exámenes. Como los que nunca se usan en el mundo real.

Llevas razón Aníbal. Me estoy quedando corto. Pero no sólo por poner exámenes. Por ponerlos yo. Sustituir los exámenes por otras formas tampoco sería la solución. Enseñar a autoevaluar es por donde quiero ir.

No son las formas. Es quién.

¿Puede hacerse? Otros ya están.

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